Los ataques vandálicos contra más de 30 unidades del transporte público, entre ellas dos buses eléctricos donados por Taiwán, trascienden el ámbito policial y dejan al descubierto una realidad alarmante: la debilidad con la que avanza la electromovilidad en Paraguay, en un escenario de inseguridad y escasa protección de los bienes públicos.
Los hechos se registraron durante la noche del jueves 15 de enero, cuando desconocidos arrojaron piedras y otros objetos contundentes contra buses que circulaban por el área metropolitana. El saldo fue significativo: parabrisas y ventanillas destruidas, unidades fuera de servicio y choferes con lesiones leves. Entre los vehículos afectados figuran dos buses eléctricos nuevos, parte de un proyecto emblemático que busca modernizar el sistema de transporte y reducir el impacto ambiental.
Más allá de los daños materiales, el episodio deja una señal negativa para un proceso que recién empieza. Los buses eléctricos no son solo colectivos, representan una inversión estratégica, cooperación internacional y una oportunidad concreta para avanzar hacia un transporte más limpio y eficiente. Que estas unidades sean atacadas incluso antes de consolidarse en el sistema evidencia la falta de garantías mínimas para sostener proyectos de largo plazo.
Si bien el vandalismo afecta desde hace años al transporte convencional, el hecho de que ahora alcance también a unidades eléctricas pone en duda la capacidad de la sociedad para cuidar inversiones clave.
Este escenario también genera interrogantes: ¿cómo atraer nuevas inversiones en movilidad sostenible si no se pueden proteger las que ya llegaron?, ¿qué mensaje se envía a los países cooperantes y a los organismos internacionales?, ¿qué tan preparada está la ciudadanía para acompañar un cambio que beneficia a la sociedad?

Sin seguridad, sin conciencia ciudadana y sin un mensaje claro de respaldo, la electromovilidad corre el riesgo de quedar como una buena intención más, atrapada entre discursos y la realidad de las calles.
La transición hacia un transporte más moderno y sustentable no depende únicamente de tecnología o financiamiento. Requiere compromiso, educación y decisiones firmes.
